Raúl Salcedo, bailaor y torero

sábado, 22 de mayo de 2010

Los personajes de la Plaza Mérida


Por: Ursula Sánchez Rocha

Mayo de 2010

Jorge Barrera, el alguacilillo de la Mérida

I. El alguacilillo

Su padre pintó óleos sobre tauromaquia y sus tíos asistían a las corridas de toros, pero el verdadero acercamiento al mundo taurino sucedió mientras trabajaba como reportero. Asistió a las corridas para cubrir la nota, les fue tomando gusto y se hizo de amigos que disfrutaban de la fiesta tanto como él. Hoy tiene compadrazgo con ganaderos, un sobrino novillero y numerosos amigos en el ambiente taurino.

“Te invito a partir plaza conmigo” le dijo una vez Manolo Martínez hijo…

Sucedió durante un viaje para cubrir un reportaje de la corrida del matador, a quien había conocido en otra ocasión. La cuadrilla lo dejó solo un día antes del evento y el matador recurrió a él para salvar la tarde. “Había toreado algunas veces, pero en fiestas particulares o en ganaderías donde nadie te ve, pero iba a partir plaza con un matador!”…

La mañana de la corrida comenzó la preparación de la mano del matador. Un par de lecciones básicas, escasos minutos de entrenamiento y a elegir el ganado. Conseguir las zapatillas fue una odisea. Hay unos zapatitos típicos yucatecos que se parecen a las zapatillas de los toreros, sólo que están bordados a mano con flores. Siendo lo único que se podía encontrar en Seybaplaya, pueblo de la ciudad de Campeche, los compró y le pidió a la vendedora que le sacara el bordado. El traje de luces negro y oro se lo prestó el matador, aunque nunca lo usó por ser más hermoso que el del segundo del cartel, el novillero Carlos López. El novillero le pidió que intercambiaran trajes y así lo hicieron. Sin dejar de reir me sigue contando, “Carlos López estaba muy flaco, me tuve que acostar en la cama para que me cerrara la botonadura, sufrí para ponérmelo”.

El tercero de la tarde le tocó a Manolo, tan bravo que tuvo que asistirlo. Se animó al ruedo con el capote para distraer al toro. El toró lo vió, lo persiguió, lo hizo soltar el capote y de suerte llegó al burladero.

Esa tarde salió airoso de la plaza, después de torear la vaquilla que le correspondía y de haberse salvado de los pitones del toro.

Y también se quedó con la experiencia en el alma y con la adrenalina recorriéndole el cuerpo. Y recuerda la anécdota como una de las mejores que ha tenido en un ruedo.

El llamado

Hace doce años que Jorge Barrera abrió plaza por primera vez. En aquella ocasión, faltó el alguacilillo a la corrida y un amigo le pidió que lo supliera. Saber montar a caballo fue su pase al ruedo. Una explicación breve y rápida y su habilidad con el equino fueron las herramientas con las que encabezó el paseíllo y su iniciación en esta labor que desde entonces le apasiona. Desde entonces las corridas en la Mérida no empiezan sin él.

Aprendió algunas cosas de Manolo, el que lo antecedió y que ahora vende tortas en un estadio de béisbol. Cuando viaja a otros ruedos intercambia información con otros alguacilillos sobre el qué hacer de esta función.

Después de más de una década, Jorge sigue experimentando miedo y nerviosismo cada vez que se abre ante él la puerta de cuadrillas.

Aunque la encomienda de ser el alguacilillo de la plaza le parece un trabajo sencillo, lo ha asumido con gran responsabilidad. Cuando tuvo oportunidad adquirió un caballo y lo entrenó. “Algunas veces los caballos se asustan al pasar por el callejón”, dice. Cuenta que cuando salen al ruedo, el aplauso de la gente pone nervioso al caballo y lo puede hacer salirse de control. Con el propio, entra al ruedo con confianza.

Presencia en el ruedo

Abriendo plaza

En el paseíllo, la pareja imprescindible del alguacilillo es su caballo. Jorge se ocupa personalmente de prepararlo: lo baña, le hace trenzas en el pelo, le pone aceite para que brille y le sujeta los protectores y la montura.

Él se encarga de mandar confeccionar sus trajes. Viste a la usanza del siglo XVII, pantalón de monta negro con cinta francesa a los costados, camisola negra y capa negra y blanca. Botas militares federicas, guarda cinto y corbata charra dorada, son los accesorios que complementan el traje. Para coronarse usa un hermoso sombrero cordobés, adornado con una pluma roja y una naranja, como la bandera española y su toque personal se lo imprime con un chapetón taurino.

Fuete en mano, cincha a su compañero y lo calienta en el patio de cuadrillas.

Están listos. La respiración se acelera.

La puerta de cuadrillas se abre, de fondo, la música de la banda. Jorge aprieta la rienda y encamina al caballo por el pasillo. Se perfila al ruedo, lo atraviesa a trote, saluda al juez de callejón y le pide al juez de plaza que autorice la corrida. El juez le entrega simbólicamente la llave de toriles y él se la entrega al torilero para después iniciar la formación de los protagonistas de la tarde.

Se planta al frente de la cuadrilla y acompaña pausada y respetuosamente a los matadores en el paseíllo.

En el callejón aguarda con paciencia por las órdenes del juez.

El momento más importante de una tarde de toros

Jorge sabe cuando el matador se merece el premio y aunque es la parte que más disfruta de su labor, le ha tocado entregar algunos que no considera muy merecidos. “Pero cuando verdaderamente hace una faena con sentimiento, cuando veo que se está jugando la vida el torero, hablo con él, lo felicito y le digo que tengo el honor de entregarle su trofeo”… “algunos me abrazan efusivamente, sienten que lo que les digo es de corazón y también siento el abrazo recíproco”

La recompensa en esta labor va más allá de las monedas. Convivir con los toreros, con los aficionados, pertenecer al mundo taurino, hablar el mismo idioma con la gente que comparte la misma pasión, ir a las tientas…para Jorge no tiene precio.

El hombre detrás

Si lo ves por las calles no podrías imaginarte que en sus 1.63 metros, se esconde uno de los personajes protagónicos en el ritual de las corridas de la plaza Mérida.

Cuando no está en el ruedo, trabaja como administrador de la plaza Picheta, en el centro de la ciudad. Es un amoroso padre de tres hijos. Su familia ha sido cómplice en su labor taurina, lo han acompañado y han compartido su pasión por la fiesta. La plaza Mérida lo podría confirmar, ya que ha sido el escenario del bautizo de dos de sus hijos.

En su modesta oficina, me enseña con orgullo su recuerdo taurino más preciado; una fotografía de él junto a Pablo Hermoso, cada uno en su caballo, colgada justo detrás de su escritorio, como acompañándolo. “Pablo Hermoso me autografió esta fotografía”… me cuenta mientras la emoción se avecina en su expresión. A Hermoso le da un lugar especial entre los personajes del toreo que más admira. Se siente orgulloso de haber posando junto a él en sus respectivos equinos y admira la sencillez con la que el rejoneador le elogió la belleza de su caballo. Y aunque por el rejoneador siente peculiar admiración, incluye en su lista de matadores favoritos a Alejandro Silvetti, a José Tomás, a Eloy Cabazos y al Juli.

“ La primera vez que vino el Juli a Yucatán me tocó ver que se vista y grabarlo”, “al Juli le he entregado dos rabos y una oreja en las corridas que ha venido aquí”.

Después del ruedo también hay más. Es veterano integrante de la Peña Taurina Tendido Tapia, en donde desempeña la función de tesorero. Junto a ganaderos, toreros y aficionados prácticos colabora apoyando y difundiendo la fiesta brava. “Convivir con expertos enriquece el conocimiento que yo tengo, nunca terminas de hablar y aprender de toros”.

La reflexión

“Cuando se va a una corrida por primera vez hay que observar el ambiente, escuchar los términos que se usan, ver qué hace el juez, por qué da los trofeos..sólo así se podrá entender, apreciar y valorar la sensibilidad de los personajes de la fiesta”.

Este hombre de expresión amable y noble oficio, piensa que el futuro de la tauromaquia en México es prometedor. Ve en figuras jóvenes como el Payo, Joselito Adame e Hilda Tenorio ganas ser toreros y toreros de los buenos.

Respeta a los antitaurinos, pero les diría que vayan a las corridas y que vean cómo se trata al ganado.

Así de aficionado y apasionado también es justo, y sabe muy bien quién se merece una oreja, y sabe muy bien también, respetar la decisión del juez…

Por último Jorge, para ti qué es la tauromaquia? le pregunto al finalizar la entrevista

“La tauromaquia para mí es el arte y valor de una persona que se juega la vida ante un toro, y de un toro, que en igualdad de circunstancias, participan en una lidia”

Y yo pienso que tiene claridad y sabiduría.

lunes, 3 de mayo de 2010

Castella, a 40 grados

Mérida, Yucatán, México. Plaza de toros Mérida, 2 de mayo de 2010

Por: Ursula Sánchez Rocha

¿Alguna vez oyó una melodía y se conmovió hasta que le brotaron las lágrimas?

En México, Sebastián Castella se ganó el aplauso de los aficionados yucatecos y la Plaza Mérida el honor de ser pisada por esta figura de la tauromaquia. Parece que el nacionalismo mexicano no tuvo cabida en esta ocasión y no hubo asistente que se resistiera al refinado toreo del esbeltísimo.

La afición llegó puntual, llenaba los tendidos y se protegía del implacable sol con parasoles, gafas y sombreros tratando de aminorar sus efectos. Bebida en mano, impacientes, miraban los relojes que no tardaron en apuntar las cuatro de la tarde.

Poco a poco fueron tomando su lugar en el callejón. Primero los ganaderos, después los empresarios y más atrás Luis Manuel Lozano, el apoderado. En medio de la expectación salió de cuadrillas el de los ojos azules, enfundado en un traje de luces haciendo juego con su profunda mirada, en azul y oro.


Castella en el ruedo

Parecía un personaje del siglo XIX, por la manera de portar el traje, montera a cabeza, siempre elegante, orgulloso, refinado, como si lo hubiera tenido toda la vida puesto, y por su actitud de viejo sabio detrás de un rostro perfecto.

El espada salió al ruedo con paso firme, le echó un vistazo, como reconociéndolo, seriedad en la cara, se formó con respeto junto a sus compañeros de tarde y plantados los pies en la arena, saludó a la afición. La montera en la mano derecha lo acompañó en una cruz de cabeza a pecho.

Las miradas de los tres cuartos de la afición en los tendidos se afincaron en su imponente figura, a la expectativa, sin saber mucho qué hacer, entre la incredulidad y el regocijo de tenerlo en estas tierras.

A Sebastián la afición lo ha hecho ambicioso y valeroso. Desde que descubrió que arrimarse al toro le daba placer y alegría, rescató para él el estilo de los toreros de antaño y le imprimió su marca de quietud, espera, temple, serenidad, siempre buscando la faena perfecta.

El silencio fue total cuando salió por el primero, Patriarca, tal silencio no es acostumbrado en la Mérida, pero ante Castella, no hacían falta las palabras.

En el ruedo fue sencillo y humilde y se retiró un tanto cabizbajo después de fallar en la estocada con Patriarca. Una vez que llegaba al callejón, tomaba un respiro y se ajustaba la montera, erguía el cuerpo y levantaba la cabeza, como un caballero que sabe reconocer sus errores y se dispone a enmendarlos.

A su cuadrilla se dirigía con respeto y firmeza y los integrantes parecían adivinar sus peticiones. Sus picadores se ganaron al público desde el primer toro. Si algo tiene Sebastián es que es justo y respetuoso con el burel.

El calor fue inclemente y el de los ojos azules apenas los entrecerraba para aminorar la potente luz del sol que bañaba su rostro. Con su segundo, Señorío, se tomó un descanso durante el primer tercio. Ambos en el ruedo, acalorados. Sebastián recargado sobre la barrera bebiendo un vaso con agua y el astado a un par de metros tomaba un respiro, cual caballeros en medio de la batalla.

Castella hizo lo que mejor sabe hacer para ganarse a la afición, humedecida y enrojecida en los tendidos ardientes. Y aunque la plaza no se llenó a tope yo estuve ahí, y señores, a los aficionados esa tarde se les olvidó el calor y la Plaza Mérida se desbordaba al grito de ¡torero! ¡torero! ¡torero!, y se le sentía llena, satisfecha, como regordeta después de haber disfrutado a uno de los grandes.

El innegable nacionalismo de los mexicanos se doblegó ante el movimiento del capote de Sebastián. La cálida arena del ruedo lo abrazó toda la tarde como pidiéndole que no se fuera. En el último tercio de su tercero la afición quedó en completo silencio, las palmas de las manos unidas, como implorando, algún susurro de ánimo diciéndole ¡es tuyo, matador!... y en un momento, en los medios, tras una espectacular estocada a su tercero, Pincel, puso a los yucatecos de pie.

Sebastián sonreía, a la afición le había dedicado el toro, y había cumplido.

A los presentes se nos salió el corazón, salimos jubilosos, conmovidos, como cuando escuchamos nuestra melodía preferida y se nos inundan los ojos.

Definitivo, indeleble el paso de Castella por la Mérida, a 40 grados.

miércoles, 21 de abril de 2010

Monumento a la sinrazón


Plaza de toros de Colonia del Sacramento
Uruguay, marzo de 2010

Ursula Sánchez Rocha

-¿Qué será esto? ¡Me parece una cancha de fútbol abandonada!- dijo una porteña mientras la miraba desde el ruedo sin poder creer lo que acababa de oir.

Me pasó mientras tomaba mate dentro de la majestuosa plaza de toros en ruinas de Colonia del Sacramento, en Uruguay, después de saltar la barrera, literalmente, entre mi pasión por la Fiesta y el atractivo turístico, pese a las advertencias de las autoridades locales de no hacerlo por peligro de derrumbe.

Viajar sin conocer mucho del lugar al que vas tiene su encanto, por lo menos para mí. Descubrir poco a poco lo que no está a la vista del turista común, admirar, comer, oler, tocar, sentir, conectar tus sentidos con el lugar, hacerlo tuyo. Eso es lo que disfruto cuando viajo. Y en esta ocasión, cuando fui a Colonia, lo hice de la misma manera, pero con un objetivo principal: conocer la Plaza de Toros…y sin imaginar lo que descubriría a partir de mi deseo.

La pequeña y europeísima Colonia es el reflejo de los conflictos entre la España y el Portugal de finales del siglo XVII, cuando estos países pretendían extender sus fronteras hasta donde pudieran. Balcones con flores, calles estrechas y empedradas que desembocan en el Río de la Plata, el encantador faro que ilumina a los navegantes desde 1857 y el barrio histórico, que desde 1995 es Patrimonio de la Humanidad, son el escenario perfecto en el que se enmarca la historia de la Plaza de Toros, un monumento, sin duda, a la sin razón.

El gobierno de José Battle y Ordoñez, presidente de Uruguay en dos periodos entre 1903 y 1915, marcó la historia de su país y también la de la tauromaquia en Sudamérica.

Durante su gobierno, llevó a la cúspide del “bienestar” a Uruguay y hasta hubo quien equiparara al terruño con un lugar muy europeo. Transformó al país en una de las naciones más progresistas y estables económica y políticamente de América Latina; entre otras cosas por ser uno de los primeros países en establecer el derecho al divorcio, el sufragio femenino y el sistema educativo gratuito, obligatorio y laico.

En este ambiente de prosperidad, ya cerca del siglo XX, se desarrolló, en las afueras de la ciudad, el “Real de San Carlos”, un complejo para los turistas principalmente de la provincia de Buenos Aires, que visitaban Colonia. Por su cercanía con esa ciudad, desde siempre Colonia ha sido visitada y también habitada por porteños, a tal grado que en un tiempo existió la idea de construir un puente para unir las dos ciudades.

El complejo, concebido por Nicolás Mihanovich, empresario argentino, contemplaba la construcción de un hotel con casino, una cancha de frontón de pelota vasca, una central eléctrica y…una Plaza de Toros. Del casino sólo se construyó el anexo y en el frontón se realizaron dos campeonatos mundiales y no se utilizó más.

Por cierto habría que destacar que en Uruguay la permisión de las corridas de toros tuvo corta vida. En 1776 se construyó en Montevideo, la capital, el primer recinto para espectáculos taurinos, que funcionó durante cuatro años. Más tarde, en 1785, se levantó en la misma ciudad otro coso que sólo permaneció funcionando un año y lo que le siguió fue un circo armable en donde se celebraron un centenar de corridas.

En 1885 se edificó, también en la capital, la Plaza de la Unión, la más importante y grande del país, construida con dinero de más de doscientos accionistas y con capacidad para doce mil espectadores. Fue ahí donde empezó la trayectoria mortal de la tauromaquia en Uruguay, pues en 1888 el matador Joaquín Sanz Almenar, conocido como “Punteret”, fue cogido de muerte por Cocinero, tratando de banderillarlo sentado en una silla, lo que terminó con la fiesta en el país, por considerar su osadía como un suicidio.

En un sobresalto inesperado de la dicha trayectoria mortal de la Fiesta, en 1935 se aprobó una nueva ley que permitía las corridas únicamente en Colonia.

En una caprichosa apuesta millonaria y acatando previos acuerdos con la autoridad uruguaya, que en ese momento sólo autorizaba el espectáculo simulando la corrida, sin poner en riesgo al animal ni al torero, Mihanovich inició la construcción de la plaza.

Armazones de hierro inglés y bloques de hormigón enmarcan el ruedo. De inigualable belleza, la Plaza de Toros de arquitectura inconfundiblemente morisca, contó con un bar, restaurante, palco, enfermería y hasta una capilla.

El 9 de enero de 1910 fue el día perfecto para la inolvidable y pomposa inauguración del coso. Mihanovich, en su afán de recuperar lo invertido y bajo la presión de las exigencias del público, principalmente argentino y que ya había perdido la oportunidad de ver corridas en su país, anunció el cartel estelar en el que figuraron los matadores españoles Emilio Torres “Bombita” y Ricardo Torres “Bombita Chico”, a los que pudieron admirar más de 10 mil espectadores.

Bombita fue el novillero más solicitado en 1893, y ese mismo año, a los 19 de edad, se convirtió en matador. Su exitosa carrera continuó hasta 1896, con faenas históricas como la que hizo en Madrid a Zancajoso, de Veragua. En 1903 se despidió de su público en Madrid y se cortó la coleta, pero siguió toreando hasta 1912, año en el que alternó con Vicente Pastor en México.

Para 1906, su hermano, Ricardo Torres, Bombita Chico, era una de las figuras del toreo de su época, habiéndose afianzado en 1904 con 63 corridas. Triunfó en Madrid y vino a México, donde un toro de Piedras Negras le dio una cogida de bienvenida. Se retiró en 1913, en una espectacular corrida donde a Cigarrón, el quinto de la tarde, le cortó la oreja.

Los espectadores querían ver corridas reales, por las que pagaron y, Mihanovich, para complacerlos ignoró los acuerdos hechos y dejó de un lado los simulacros.

En la Plaza se realizaron corridas de toros auténticos: con matadores y toros, a muerte. Oficialmente fueron ocho. Dicen que Gardel también estuvo ahí, pero para cantar, cuando aún no era tan famoso.

En 1912, el 16 de septiembre, el presidente Battle anunció su proyecto de suprimir las corridas de toros; el 16 de diciembre se apagó la Fiesta en todo el territorio de Uruguay.

Hace cien años que se construyó la Plaza de Toros de Colonia y hace 98 que no hay corridas. Millones de pesos invertidos y olvidados. Belleza arquitectónica en ruinas, admirada a duras penas por quien logra quitarse los lentes del prejuicio, paso obligado del turista que de vez en cuando no sabe ni lo que es una plaza de toros…

Proyecto fallido, sobre todo vestigio histórico olvidado, apenas mencionado en guías turísticas y libros, de la época dorada de Colonia, colonialísima, que alguna vez perteneció a España, cuna de la tauromaquia.

En esos tiempos, vapores argentinos llegaron a Colonia con un sinfín de pasajeros que iban a la corrida y los porteños se disputaban los lugares en las embarcaciones para poder llegar a tiempo. Como cuando crucé el Río de la Plata, en el moderno Buquebús y llegué a Colonia, también, con el deseo de conocer la Plaza…

Yo propongo para la plaza de toros de Colonia un museo o ¿por qué no?, un hotel como el de Almadén en España; o el de Zacatecas en la ex Plaza de Toros San Pedro, en México.

Yo propongo hacerle un homenaje digno a su historia, dar una razón a este monumento sin igual. A este monumento, hoy, sin razón.


Para siempre tauromaquia


Alfredo Ríos "El Conde", en la Plaza Mérida.
Temporada 2009

Por: Ursula Sánchez Rocha

La tauromaquia se quedará para siempre entre nosotros, inmortalizada por los grandes artistas de antaño y modernos, plasmada en lienzos, pulida en metales, impresa en papel e interpretada en voces magistrales.

Y es que no hay nada más impresionante que admirar la belleza imponente de un poderoso toro de lidia, mezcla de bravura y nobleza, de mirada fija y astas desafiantes frente al matador en traje de luces, elegante, seguro, valiente, dispuestos a defender su vida, a jugársela en el ruedo. Y que decir de los espectadores, hechos uno, un corazón latiendo al mismo ritmo, hermanados mientras dura la corrida…Pero eso es meramente subjetivo.

Lo que no se puede negar es que la tauromaquia ha ido de la mano en un eterno romance con todas las formas que el arte tiene para expresarse, si no que le pregunten a Hemingway, a quien le robó el corazón y quien apresuró la pluma para ir plasmando una a una, sus impresiones, opiniones y vivencias en los ruedos españoles. Lo hizo en dos grandes obras de la literatura. Primero Fiesta, que publicó en 1927, inspirado tras asistir en Pamplona, a la Fiesta de San Fermín. Cinco años después le siguió Muerte en la Tarde, uno de los grandes libros sobre el tema taurino, un ensayo profundo sobre la tragedia, la vida y la dignidad de morir, además de una detallada descripción de la corrida, desde su perspectiva como gran conocedor y amante de los toros y por supuesto, escrito magistralmente.

Los pinceles tampoco se ha resistido a la magia de la Fiesta. Fernando Botero, por ejemplo, eligió el tema y lo adaptó a sus convicciones personales e impregnó en sus pinturas su afición por los toros…el picador es su figura preferida y sus matadores de complexiones desmesuradas, su identidad.

Para Picasso la tauromaquia fue su gran pasión y con ella abrió y cerró su obra pictórica. En los años treinta, viajó por España, fue a varias corridas de toros y empezó a plasmar sus impresiones en cerámicas y grabados. Le imprimió a sus obras su perspectiva personal y representó la figura del toro como animal mítico y con gran fuerza sexual.

Los toros también inundaron la obra escultorica de Humberto Peraza, gran aficionado taurino. En Mexico, Eloy Cavazos y Miguel Espinoza “Armillita” quedaron, entre otros, inmortalizados en la Monumental Plaza Mexico; en Madrid dejó El Torero y en Paris su Duelo de toros. Pasión mexicana para el mundo.

Y para los melómanos, quien disfrute de la ópera reconocerá esta magnífica aria, Toreador, de la obra Carmen de Bizet, en donde al torero Escamillo se le fuga el amor de Carmen por una puñalada mortal de Don José, mientras él triunfa en la plaza de toros.

“Car c'est la fête du courage!

C'est la fête des gens de coeur!

Allons ! en garde ! Allons ! Allons !

ah !Toréador, en garde ! Toréador, Toréador !

(Esta es la fiesta del valor! Es la fiesta de la gente con corazón! Vamos, en guardia! Vamos! Ah! Torero en guardia! Torero, torero!)

Y la arquitectura también se rindió y redondeles y callejones tendrán en común las plazas de toros, pero fue cuando los toreros se bajaron del caballo, en el siglo XVIII, que los grandes arquitectos comenzaron a construir estos espacios especializados para las corridas.

Ladrillos y arcos arabescos caracterizan la hermosa arquitectura de la plaza de toros de las Ventas, en Madrid, decorada hermosamente con incrustaciones de azulejos. Y para los mexicanos, mitad bajo la tierra, en profundas excavaciones y mitad en la superficie, se nos regala, así de provocativa, la construcción de la Monumental Plaza de Toros México, la de mayor capacidad en el mundo, por cierto.

Grandes historias de amor en el mundo del toreo se han entretejido en el cine también, como la de Juan Gallardo, torero a quien el amor de una mujer prohibida le lleva a la perdición, en Sangre y Arena de Vicente Blasco.

Los toros también fueron la gran pasión del Premio Cervantes Gerardo Diego que publicó dos libros de poesía taurina en los que recrea las suertes del toreo, La Suerte o la Muerte y El Cordobés Dilucidado. En su poema Torerillo de Triana, versa:

“Me perfilo. La espada.
Los dedos mojo.
Abanico y mirada.
Clavel y antojo.”

En cada una de sus manifestaciones, el arte nos recuerda quienes somos, hacia donde vamos, nos ayuda a entender de donde venimos y como un gran espejo nos refleja y nos regala un lenguaje para expresar nuestras ideas, nuestras emociones, nuestra cosmovisión. Imposible explicar nuestra historia sin recurrir a él.

Común denominador de espiritus elevados, musa de talentos, reflejo de nuestra cultura, herencia de nuestros antepasados, para siempre: tauromaquia.

Y si todavía quedara alguna duda de lo dicho, yo preferiría tomar al toro por los cuernos¨…