Raúl Salcedo, bailaor y torero

lunes, 18 de julio de 2011

Siete Cosos para Yucatán

Por: Ursula Sánchez Rocha

Yucatán es uno de los estados de México en donde se festejan corridas de toros durante todo el año. El territorio yucateco tiene 1.955,000 habitantes y cuenta hoy con cuatro ganaderías registradas en la Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia.  Ahí cualquier pretexto es un buen motivo para armar carteles en sus 106 municipios y deleitar a los aficionados yucatecos.



Muchas de las corridas son informales y en algunos municipios se realizan en cosos desmontables, conocidos como tablados, con palos, hojas de palma y bejucos. En otros se habilitan lienzos charros para la ocasión. Los lienzos charros son instalaciones especialmente diseñadas para practicar la charrería, deporte nacional ecuestre. Estas instalaciones cuentan con establos, ruedo y partidero.
En Yucatán son siete las comunidades que cuentan con plazas construidas en forma y en donde se enfrentan toros registrados y matadores reconocidos.

La plaza más importante del estado es sin duda la Plaza “Mérida”. Se ubica en una de las avenidas más importantes de la capital yucateca, de 831 mil habitantes. Fue construida por los hermanos Fernando y José Antonio Palomeque Pérez de Ermida e inaugurada el 27 de febrero de 1929. La figura destacada de su primer cartel fue Fermín Espinosa “Armillita Chico”. El coso tiene capacidad para seis mil espectadores. En su ruedo se han lucido los capotes y espadas de algunas de las más importantes figuras del toreo como “El Cordobés”, Paco Camino, Manolete, Paquirri, Antoñete, Manolo Martínez, Curro Rivera, los hermanos Armillita, Rafael Ortega, Enrique Ponce, El Juli, Castella, el Fandi y Pablo Hermoso, por nombrar algunos.



El Juli en la Mérida, en 2005


La segunda rotonda en importancia es la Plaza “Monumental Avilés”, de Motul, municipio de 34 mil habitantes. Esta plaza fue construida por don Roque Avilés y tiene capacidad para seis mil espectadores. La inauguración, el 14 de julio de 1979, estuvo enmarcada con el corte de listón a cargo de la rejoneadora Conchita Cintrón y del “Faraón” Silverio Pérez. En el cartel de aquella primera tarde de la “Monumental Avilés” figuraron Manolo Martínez, Cruz Flores y Curro Leal, con toros de Fernando de la Mora. Entre las figuras de la tauromaquia que han lucido en este coso están: Eloy Cavazos, Curro Rivera, Miguel Espinosa "Armillita", David Silveti, José Miguel Arroyo "Joselito", Julián López "El Juli”, Pablo Hermoso de Mendoza, César Rincón, Manolo Martínez, Joselito Adame, Rafael Ortega, Alejandro Amaya, Antonio Lomelín, Víctor Mora, Fermín Bohórquez, Jorge Gutiérrez, Mariano Ramos, Federico Pizarro, Andy Cartagena y Martín González Porras.



Conchita Cintrón descubre la placa conmemorativa en la inauguración 
de la “Monumental Avilés” de Motul, en 1979

La Plaza de Toros “Monumental Aranda” se encuentra en Panabá, que tiene 7,500 habitantes. Fue construida por don Fernando Aranda y tiene capacidad para cinco mil espectadores.
 Es la tercera plaza en importancia en el estado. Fue inaugurada en 1983 con la actuación de los rejoneadores Pedro Louceiro y Eduardo Funtanet. Por su ruedo han pasado reconocidos toreros como Lorenzo Garza, Eulalio López "El Zotoluco", los hermanos Capetillo, Mariano Ramos y Valente Arellano.

La Plaza “Joselito Huerta” se encuentra en Tixcacal, comisaría de 800 habitantes ubicada al sur de Mérida. Tiene capacidad para 2,800 espectadores y fue construida por don Emilio Loret de Mola Díaz. La inauguración se realizó el 20 de noviembre de 2004. Por el ruedo han pasado también importantes figuras del toreo como Julián López "El Juli", Rodolfo Rodríguez "El Pana", Manolo Mejía, Alfredo Ríos "El Conde", Arturo Gilio, Jorge López "El Zotoluco", Lupita López, Jesús De Fariña, César Alfonso Ramírez "El Calesa", Mario del Olmo y Alejandro Portaña, entre otros.

En Peto, municipio de 24 mil habitantes, se encuentra la Plaza “Rosa Yolanda”, construida por don Vicente Domínguez entre 1983 y 1987, con capacidad para 4,400 espectadores y un redondel de 45 metros de diámetro. En este coso han actuado Pedro Louceiro (padre e hijo), Manuel y Guillermo Capetillo, los hermanos Karla y Octavio Sánchez, los “forcados” de Portugal, Cristina Sánchez, Antonio Lomelí y Eulalio López “Zotoluco”, entre otros.

La Plaza de Toros “Hermanos Pérez” se encuentra en Ticul, municipio de 37,600 habitantes. Con capacidad para tres mil espectadores fue inaugurada el 20 de julio de 2003. Esa primera jornada la encabezó Rafael “Currito” Rivera. El coso ha recibido a figuras del toreo como Manolo Mejía, Michel Lagravere, Arturo Velázquez "Talín", Carlos Rondero, Víctor Manuel Coronado.

La plaza de toros “Montecristo” tiene capacidad para dos mil  espectadores. Se encuentra ubicada en el municipio de Abalá, de 6,300 habitantes y es la séptima construida en el estado. Fue inaugurada el 31 de agosto de 2003. El francés Michel Lagravere y Ricardo González "El Arriero” integraron el cartel de aquel día en que cobró vida el coso. Por su ruedo han pasado toreros como Rodrigo Muñoz “Gitanillo de Tlalpan”.

No cabe duda que Yucatán es protagonista en el mundo taurino, que los aficionados van aumentando y que este arte se va tomando cada vez con más seriedad en esas tierras. Por si fuera poco también es semillero de talentos en la maestría de torear, pues cuenta, desde 2007, con una Escuela Taurina con una plantilla de veintitrés alumnos.

¡Olé! para Yucatán y que la Fiesta siga dando.



Fuentes consultadas: Asociación Nacional de Criadores de Toros de Lidia, archivo propio, Reglamento de las Plazas de Toros en el Estado de Yucatán, e investigación  propia.

domingo, 17 de abril de 2011

El Toro en la narrativa de los mayas

Por: Ursula Sánchez Rocha


Toro de Sinkeuel


La figura del toro se hace presente en los relatos que las comunidades mayas actuales del estado de Yucatán, en México, cuentan como parte de su historia. Estos relatos se han transmitido de generación en generación a través de la tradición oral.
Cuna de importantes ganaderías de toro bravo, Yucatán fue también tierra de indígenas y asentamiento de la cultura maya. Ahí también se gestaron éstas historias, en las haciendas, que constituían un pequeño mundo autosuficiente, una especie de embrión de ciudad.  
A fines del siglo XVII, el desarrollo ganadero se afianzó en Yucatán. La ganadería de Sinkehuel es un buen ejemplo. Fundada en 1896, es una de las primeras ganaderías de toro bravo que se establecieron en Yucatán.  En 1842, era una hacienda henequenera del municipio de Maxcanú, pero desde 1783 contaba con ganado criollo. En aquel entonces ya se lidiaban sus reses en las ferias meridanas de Santa Lucía y Santiago. Su dueño don Simón Peón, que era seguidor de toreros como Pepe Hillo y Juan Moreno El Africano, decidió realizar un encaste. Fue en 1896 que se encastó la ganadería con toros sevillanos de don Joaquín Murube Monge. Trajeron desde Málaga 40 vacas para pie de cría y cinco sementales. La presentación de los primeros cuatro toros de Sinkehuel con sangre española se lidiaron en 1903 en el Circo Teatro Yucateco.
LA TRADICIÓN ORAL

La importancia de la tradición oral reside en ser uno de los reductos de la identidad indígena de los mayas actuales de la Península de Yucatán, la cual ha estado y está fuertemente vinculada con las creencias religiosas antes y después de la Conquista y mantiene viva la integración de un grupo que lucha por sobrevivir.
En su devenir histórico, las culturas mesoamericanas colonizadas crearon o adoptaron un conjunto de leyendas, mitos, historias, narraciones de experiencias personales y ritos que forman parte de un acervo que integra al pasado con el presente y que es reconocido por los integrantes de cada grupo como su patrimonio. Generalmente, se trata de relatos cuyo autor es la propia comunidad, es decir, pueden ser considerados como creaciones colectivas cuya transmisión se realiza mediante la tradición oral de cada grupo étnico, que encierra una fracción del pensamiento indígena popular.
Todas las narraciones que forman parte de la tradición oral se encuentran, por lo general, ambientadas dentro del contexto del grupo en el que se cuentan, ya que el pueblo que las produce o acepta, les va imponiendo poco a poco las características de su cultura.
Hay relatos que dentro de su argumento llevan una enseñanza y de esta manera se convierten en mecanismos de transmisión de ideas morales, ejerciendo así una función específica dentro del grupo, a diferencia de otros grupos que ponen de manifiesto ideas míticas y religiosas referentes a creencias de diversos tipos o que proporcionan explicaciones de distintos fenómenos de la naturaleza.
La tradición oral nos muestra, por medio de la expresión verbal, los aspectos de la cosmovisión de la gente.  Es un conjunto de relatos o testimonios que forman parte de la memoria colectiva de un grupo y que se manifiestan en la comunicación entre los integrantes de una sociedad o de una comunidad específica. Estas narraciones no se dan en un lenguaje común, lleno de conceptos, sino en uno simbólico, porque expresa una realidad percibida intuitivamente, una vivencia especialmente emocional y valorativa del mundo, que sólo se puede comunicar a través de imágenes simbólicas.
En los relatos recopilados en la comunidad, personajes como el toro de dimensiones, la relación entre una persona y un ser que excede los términos de la naturaleza les da a los habitantes una conveniente dirección para referirse o hablar de sus creencias en lo que no puede explicar.
Seres poderosos

En Calcehtok cuando la gente narra o cuenta una historia hace especial énfasis, al describir a los personajes principales, en atributos tales como las dimensiones, la fuerza, la energía o el poder que éste puede ejercer sobre  la persona con la que se ha relacionado en la historia, para explicar o reconstruir fragmentos de su pasado.
Actualmente la idea de seres humanos poderosos que tienen nexos de alma especiales con los dioses está documentada en el pensamiento maya clásico por algo más que simples imágenes.
Los wayob de la imaginería maya clásica aparecían bajo muchos aspectos, entre ellos formas humanas, animales de toda especie y combinaciones grotescas de cuerpos de ser humano y animal. A los wayob se les representa bailando como seres humanos, aunque también pueden flotar en el aire por encima de la acción.
Los antiguos mayas también se transformaban en sus wayob cuando hacían la guerra, y es muy probable que consideraran a los planetas y las constelaciones como wayob de los dioses y sus antepasados. Hoy día en toda la región maya abundan historias de gente perseguida en la noche por wayob con aspecto de animales.
Identidad étnica

Es una identidad específica resultante de la trayectoria histórica de un grupo humano, poseedor de un sistema organizacional, eventualmente lingüístico y cultural diferenciado de otras unidades sociales. Lo que caracteriza a una etnia no es el conjunto de sus rasgos culturales, o el indicador lingüístico, ni su tipo organizacional singular, ni su historia particular sino la integración (no la suma) de estos factores a nivel de las representaciones ideológicas colectivas del grupo en cuestión.
La tradición profética explica también la prontitud con que los mayas adoptaron las instituciones religiosas y políticas de los españoles. No era la primera vez que habían sido conquistados por un pueblo con una cultura ajena. Ya antes había asimilado culturas foráneas y rápidamente volvieron a hacerlo. El resultado fue una síntesis de los esquemas culturales. El término antropológico para este fenómeno de culturalización es “sincretismo”: la integración (y la consecuente elaboración posterior) de aspectos escogidos de dos o mas tradiciones históricamente distintas.

EL TORO EN LA TRADICIÓN ORAL DE CALCEHTOK

Algunos relatos recopilados de la tradición narrativa del poblado de Calcehtok, municipio de Opichén, Yucatán; perteneciente al grupo étnico maya:
El día que derrotaron a Jwan Tul

 “Desde que tenía 15 años, yo iba de cacería por las noches, ya que era muy egoísta, siempre iba solo pues no me gustaba compartir nada. En una ocasión estaba espiando tepezcuintle desde arriba de un árbol, cuando apareció un señor con un toro, quien me dijo:
-¡baja de ahí!, pues si no, bajarás a la fuerza.-
 Pero no hice caso y como tenía escopeta pegué dos tiros y alumbré con mi lámpara y con la luz desaparecieron hombre y toro. Y yo estaba contento pues derroté a ese Jwan Tul.

El toro con la estrella en la frente

Cuenta Don Roger que en el año de 1955, estaba a la orilla de una gruta cuando escuchó el aviso de un toro negro con una estrella en la frente. A las ocho de la mañana, iba caminando hacia la milpa para cosechar mazorca, cuando escuchó cinco pitos parecidos a los de un trailer como a dos kilómetros.
A la media hora el toro estaba rodeado por mil animales de diferentes razas: vacas, becerros, toros grandes y chicos. Dijo que tuvo miedo y se subió a un árbol y se dio cuenta que el Jwan Tul lo estaba mirando a la cara y le dio más miedo. Se bajó del árbol y se fue corriendo hasta la milpa. Cuando regresó el toro estaba en su corral, pero a los treinta días murió. El dueño del toro lloró muchísimo ya que éste pesaba 700 kg, y medía 2 metros de largo y 180 de altura y era todo negro. Le ofrecieron 500 pesos por el toro, pero no quiso venderlo.
El toro que desapareció en la gruta

 “En el año de 1900, el patrón de la hacienda Calcehtok hizo una invitación a sus amistades para que conocieran las famosas grutas de Calcehtok. Fue un domingo. Llegaron los 50 visitantes de Mérida que había invitado y el patrón le dijo a un vaquero que fuera a las ruinas de Oxkintok a traer un toro grande porque se los iba a ofrecer de almorzar a los visitantes. El vaquero ensilló su caballo y se fue, llegó al corral, le puso el lazo en el cuerno al toro y lo llevó para la hacienda. En el camino hay una gruta. Llegando cerca de la orilla de la gruta el toro dio un brinco y se tiró hacia adentro de la gruta y jaló al caballo y al vaquero. Se cayeron los tres y mientras en la hacienda, estaban esperando al vaquero que nunca llegó. Era la gruta Chuyen Balam. El patrón avisó a toda la gente para que vaya la gente a rescatar en el monte de Oxkintok. De ida no lo hallaron y al regreso acecharon la gruta y se dieron cuenta que estaba ahí, pero muerto. Chuyen Balam es una gruta de hondo 40 metros, ninguna persona quiso entrar a sacar el cadáver. El año de 1990 llegaron unos espeleólogos y entraron a las cavernas Chuyen Balam y ellos lo sacaron. En la cueva encontraron los huesos del vaquero y del caballo, pero los del toro, nunca los encontraron.

El toro y las corridas

Contaba Don Roger que para convertirse en Jwan Tul, primero hay que montar un toro, de ésta manera se termina de realizar el pacto con Satanás, y entonces se vuelve otra vez como hombre. “Cuando veas un toro negro con una estrella en la frente es Jwan Tul.”
Éste toro es de enorme tamaño. Éste hombre que hizo el pacto debe participar en alguna corrida de toros. Si ve que a un toro no lo torea otro torero, él debe lanzarse al ruedo, quitarle la capa al torero y torearlo, esto lo tiene que hacer solito. Entonces ésta persona empieza a torear al toro como lo hacen en las plazas de toros, - “como en la plaza de toros Mérida, igualito”. - Cuando termina el público se lo agradece con aplausos, pero tiene que cansar al toro, seguramente le van a tirar dinero en el suelo y él lo tiene que recoger. Y así lo tiene que hacer en cualquiera corrida, para que la gente vea que es buen torero y muchos de los organizadores lo va a contratar; pero eso sí, él va a pedir un precio elevado. Después de diez o veinte años va a llegar su día, va a finalizar su vida en las corrida de toros, y la manera como se va a dar cuenta, ya que él no lo sabe, es cuando entre un toro al ruedo. Lo va a torear, pero si ya llegó su día, el toro lo va a matar en ese mismo lugar. Así es la vida de un hombre que tiene pacto con el Jwan Tul. El toro es gordo, bonito, alto, con la cola larga, así es un Jwan Tul y es un animal raro.
Del toro dueño del ganado y sus rugidos como de ferrocarril

“Yo cuando lo vi allá en el cerro era el año de 1955. Estaba yo caminando por el camino casi llegando a la puerta de una gruta, cuando escuché el pito del toro, pero recio, hasta me asustó, parecía el pito de un ferrocarril, y me paré a la orilla de la gruta, escuché el pito recio y me pareció raro porque ya está hablando a los toros, y cuando escuché entonces, por toda la ruta venían animales, pero corriendo, no caminando, pero como en 20 minutos el toro ya estaba rodeado de otros toros, de vacas, de becerros, entonces el toro empezó a hablar, estaba hablando con los demás y se oía como les decía:

-mmmjj, mmmmjjj, mmjjj, - así decía, quién sabe lo que decía, creo que era la despedida, porque en ese mes murió un toro acá y era un toro grande, le estaban pidiendo al señor que lo vendiera, pero no lo quiso vender, y cuando murió el toro, nadie se lo quiso comer, sólo los zopilotes se lo comieron, aves de rapiña, nadie lo comió, ni el dueño, allá murió, al frente de Don Amilcar, allá murió. Entonces le dije a mi papá y me dijo:
-sí, cuando un toro tiene 10, 12 o 15 años, ya no es un toro, es un Jwan Tul, es un brujo, es el papá del ganado- eso me dijo.”

El Jwan Tul y el auge ganadero

“Gráfila Cuy platicaba que en 1905, Bernardina Vergara Garrido, trabajaba acompañada por su madre Josefa Garrido Rodríguez. Un día cruzaron la puerta de un corral de ganado en un rancho.
Como a las once de la mañana vieron un toro  de tamaño exagerado que arrastraba su cola por el suelo. Las mujeres se asustaron y corrieron a prisa. Cuando llegaron a la hacienda Santa Cruz, les contaron a las personas de ahí y ellas les dijeron que lo que vieron no era un toro, sino un Jwan Tul. Les dijeron también que era un dios Satanás, dios de los animales que se transforma en humano.
Dijo que en la hacienda Calcehtok , en 1908, los patrones tenían mucho ganado vacuno y caballos. Tres corrales de a veinte mecates cuadrados se llenaban con toros, vacas, becerros y terneras, aproximadamente tres mil cabezas de ganado cabían ahí.
En abril, en tiempo de secas, los animales se juntaban en el corral durante el día. En una ocasión cuando amaneció, el bebedero, que tenían como cincuenta metros de largo, estaba vacío, el agua había desaparecido totalmente; lo cual les pareció cosa rara. Un día los mayorales los espiaron durante una noche pero el sueño los venció y cuando amaneció el agua había desaparecido de nuevo del bebedero. La siguiente noche volvieron a vigilar el bebedero y vieron que un toro enorme entró al corral a las doce de la noche y se dirigió al bebedero. Ellos estaban tan impresionados que no pudieron hacer nada. Cuando vieron al toro salir del corral, dispararon sus armas al animal.
El encargado del rancho le avisó al patrón de lo sucedido, el patrón le pidió consejo a un sacerdote en Mérida, y éste fue al rancho y lo bendijo con oraciones y de esa forma le dio fin a esas anomalías.”


La ganadería como actividad económica se desarrolló en la Península de Yucatán desde finales del siglo XVII y tuvo su auge durante la primera mitad del siglo XIX. Hacia 1845 existían más de mil 300 haciendas dedicadas a la cría de ganado y el hato ganadero ascendía a más de 400 mil cabezas. La proliferación del ganado causaba graves problemas a la sociedad indígena porque le disputaba la tierra, el agua y destruía las cementeras. El ganado causó un fuerte impacto cultural entre la población indígena y mestiza. La inclusión del ganado vacuno, en especial el toro, no es casual, sino que constituye una evidencia de la importancia que tuvo esta actividad pecuaria en la vida de las comunidades mayas.
El mito sobre un animal como el toro venía asociado también al concepto del mal proveniente de la religión de los dominadores. Los pactos con el diablo eran quizá la forma más asimilable de la sumisión ante el poder de los europeos que detentaban el poder.
Parte del folclor actual es una reminiscencia del periodo ganadero en la Península de Yucatán. La leyenda de Jwan Tul forma parte de la explicación y de la posición que los mayas de los pueblos y haciendas asumieron ante la fuerte competencia del ganado.

Hace más de un siglo que en Calcehtok dejó de criarse ganado y sin embargo la leyenda de Jwan Tul  ha permitido mantener viva la memoria colectiva de los tiempos en los que el ganado competía con los habitantes de la naciente comunidad por los recursos necesarios para su supervivencia.

FIN

lunes, 7 de febrero de 2011

CORAZÓN FLAMENCO Y ALMA DE TORERO





Por: Ursula Sánchez Rocha
“La tauromaquia es sublime, como una solea bien bailada, bien cantada, bien tocada, es una comunión con el cosmos y con el alma”, dice  Raúl al expresar que el flamenco es su vida y define la tauromaquia como diría Pepe Alameda, “el toreo no es graciosa huida sino apasionada entrega”.

Cuando conocí a Raúl Salcedo me pareció un ejemplo clarísimo, como los que nos cuenta la historia, de la estrecha relación que existe entre la tauromaquia y el flamenco. Él es un bailaor mexicano, maestro de flamenco y ex torero.

Personalmente, el primer acercamiento que tuve al flamenco fue en América del Sur. Recuerdo lo mucho que me impresionó la fuerza, la expresión, el palmeo, el zapateo y la guitarra, y después, no dejé de fantasear con estar alguna vez arriba de un tablado. De vuelta a México busqué algún lugar en donde impartieran clases y lo encontré. Algunos pasos después, empecé a descubrir en el artista, un personaje que tenía ciertas poses que me referían a la figura de un torero y que a la vez me enseñaba a bailar una sevillana.

En la espigada figura de Raúl Salcedo, el maestro de flamenco,  conviven sus dos grandes pasiones en la vida, el bailaor y el torero. Me contaba que su padre fue novillero en tiempos de Garza, del Soldado y de Valderas,  y también sus hermanos mayores fueron novilleros y que de pequeño quiso ser torero. Aunque nunca lo llegó a hacer profesionalmente, como aficionado toreó becerras y novillos. Y también de pequeño empezó a escuchar flamenco con el padre después de las corridas.

Tenía cinco años cuando fue por  primera vez a una corrida, al debut de Marco, su hermano, en la plaza de toros de Tlanepantla, en el Estado de México. Un par de años más tarde hizo el primer zapateo flamenco frente a su padre escuchando un disco de Juanito Valderrama.

El deseo de conocer España, cuna de sus pasiones,  fue la principal motivación que lo llevó a estudiar flamenco. Empezó a formarse como bailaor en la ciudad de México de la mano de Carmen Guridi y de Joaquín Fajardo, maestro gitano de Granada. A España llegó en 1988 a la compañía de Paco Romero. Los años ahí fueron la base de sus conocimientos de danza española y flamenco. Otros maestros, como María Magdalena, el Güito, Manolete, Ciro, Caty Palma y Cristóbal Reyes lo terminaron de formar. De ellos aprendió que para ser un buen bailaor de flamenco hay que saber también de cante y conocer la historia, y con lecturas de Manuel Machado y Federico García Lorca profundizó en el aprendizaje del flamenco. “El bailaor tiene que ir más allá del flamenco, ser bailaor es una manera de vivir”.

COMUNIÓN FLAMENCO-TAUROMAQUIA
En el siglo XX la convivencia entre el flamenco y la tauromaquia se volvió innegable y hoy es imposible concebir lo uno sin lo otro.
Raúl recuerda las anécdotas de su padre, en las que le contaba de su amistad con artistas del flamenco y toreros, como Carlos Arruza “el Ciclón”, Luis Castro “El soldado” y Gregorio García Morales. Con Ramón de Cádiz por ejemplo, quien fuera torero y cantaor, se reunía en algún tablado después de las corridas para ver el espectáculo de flamenco. En la historia del toreo siempre hubo toreros que tocaban la guitarra o  cantaban. Incluso  hubo quienes dejaron los toros por el tablado, como el Tano, que fue cantaor, pero antes fue torero. Roque Montoya “Jarrito” y Chiquito de Triana alternaban en un tablado de la capital de México y cantaban coplas dedicadas a toreros.

Los tiempos en el tablado y en el ruedo  son los mismos. Hay tres tiempos en el toreo: citar, templar y mandar. En el cante flamenco también se cita un cante, se templa la voz para alcanzarlo y después de templarlo, se remata. Algo bien templado necesariamente tiene que estar bien rematado.

Y en los pasos del flamenco, existe uno característico de la farruca, que consiste en adoptar una figura como la de los toreros cuando van a ponerle un par de banderillas al toro. Incluso para bailarla, se viste de corto. Por eso no es difícil imaginarse a Antonio Gades cuando bailaba una farruca, como si estuviera en el ruedo de un coso taurino,  cuando a finales de los sesenta se paraba en el tablado y parecía que a su paso iba citando al toro o ejecutando un pase.

En el ruedo y en el tablado el enfrentarse al público y conquistarlo es parte del trabajo de un bailaor y de un torero. En el ruedo, el torero se enfrenta al público y al toro y en el tablado, el flamenco se enfrenta al público y a sí mismo y ambos a dominar el nerviosismo, el temperamento y el arrojo.
Tauromaquia y flamenco también comparten verdad. Decía Raúl que no es lo mismo bailar en un tablado en España que en cualquier otro. Piensa que fuera de España se ha ido perdiendo la tradición del tablao de flamenco y que ahora, como se usa como atractivo para los turistas, en muchos lugares ni siquiera se hace bien.
Sin embargo el bailaor siente  la misma responsabilidad en un tablado u otro por respeto a él mismo, al flamenco y al público. 
Y yo creo que es cierto que el público aprecia, sabe, percibe y distingue entre lo que está bien hecho y lo que no.  En el flamenco por ejemplo, podemos apreciar un cantaor que es todo sentimiento, como Camarón, que de oírlo te estremeces; y una bailaora que baila “bamboleiro” como si fuera flamenco, como la que vi una vez en mis recorridos por algunos tablados de Buenos Aires.
Lo mismo pasa en la plaza de toros. Se nos puede detener la respiración al ver a un astado pasarle rozando al traje de luces de Castella y él que ni se inmuta, o podemos desarmarnos en un rechiflo cuando tenemos enfrente a un torero que carece de técnica, que no es creativo y que fanfarronea frente al público, o a un toro que no embiste, no tiene la edad o escasea de características para estar en el ruedo. Y hay que creerlo, el público se da cuenta.

FLAMENCOS Y TOREROS
Muchos artistas del flamenco han sido fuente de inspiración para Raúl. De Enrique Morente por ejemplo, le cautivó la voz, el cante y sus aportaciones innovadoras al flamenco. En el baile admira a Antonio “El Bailarín”  Ruiz Soler. Antonio Esteve Rodenas, “Antonio Gades” le representó un icono y un ejemplo a seguir, le admiraba el estilo y soñaba con llegar a España y conocerlo. Y también admira a Antonio Canales. En el cante su favorito es Camarón y en segundo lugar José Mercé. Y para Raúl, quien ha marcado época y ha sido un parteaguas en la historia del flamenco es Paco de Lucía.
En el toreo admira a Rodolfo Gaona “el califa de León”, admira el estilo de Manolo Martínez, el carisma de Eloy Cavazos, la profundidad de Curro Rivera, la limpieza y el toreo templado de Paco Camino, El Capea y Paquirri. De los de hoy le gusta Castella, el Juli, Ponce y Zotoluco, pero alguien que lo cautiva es Morante de la Puebla.

Raúl tiene un rincón peculiar en su casa en donde comparten muro fotografías de personajes de flamenco, posters de puestas en escena, pinturas de sus hermanos cuando eran novilleros y música que va del paso doble al flamenco. Pero lo que más le gusta es una imagen de Ponciano Díaz, quien fuera el primer torero que actuó en Estados Unidos y que era familiar de Porfirio Díaz, dictador en la historia de México.
Y también tiene una escuela y dirige espectáculos flamencos en donde cuenta fragmentos de la historia de nuestro país.

Y como en el muro de la casa de Raúl, el bailaor-torero, es innegable que también en México  tauromaquia y flamenco han existido en comunión, que son parte de nuestra cultura, muestra de hispanidad y expresiones del arte. Y es innegable también que la tauromaquia y el flamenco nos han dejado un legado que hay que preservar y difundir, en el ruedo y en el tablado, con honestidad y con verdad, como se merecen.

martes, 7 de septiembre de 2010

Los personajes de la Plaza Mérida


Agosto 2010
III. EL JUEZ DE LA PLAZA
Ulises Zapata León trabaja en una institución de educación media superior en donde es Director Técnico de Planeación y Presupuesto, y Ulises es también, el Juez de la Plaza Mérida.


Ulises Zapata, el Juez

PRIMERA LLAMADA: CUNA TAURINA

"La tauromaquia forma el carácter, es formadora de personas"
Uno de los estados más taurinos de México, Tlaxcala, fue su cuna. Con más de sesenta ganaderías registradas, las tierras tlaxcaltecas han dado grandes figuras al toreo, como Rodolfo Rodríguez “El pana”, Rafael Ortega, Uriel Moreno el “Zapata” y José Luis Angelino, por nombrar algunos. También ahí se erige una de las plazas más grandes del país, la Plaza de toros Jorge Ranchero Aguilar, y una de las principales festividades de la ciudad es la “huamantlada” que emula el festejo de Pamplona.
Su padre, cirujano partero, en un esfuerzo conjunto con otros médicos, crearon el Capítulo Mexicano de Cirugía Taurina, con la idea de formar quirófanos móviles que las empresas pudieran contratar y que llevaran el servicio médico pronto y bien atendido a plazas de primera y segunda categoría. Durante la niñez, en lugar de festejar sus cumpleaños partiendo piñatas con los amigos, en las fiestas les soltaban vaquillas y se las dejaban venir, y ahí entre revolcones, sustos y lágrimas, conoció de cerca al ganado bravo, que se convertiría en su vida. Una corrida en la Plaza de Toros La Taurina, de Huamantla, es la que recuerda con precisión como la primera vez que asistió a una. En esa ocasión el novillero, que era hermano de un amigo del colegio, cuando toreaba a su novillo, éste lo embistió con tal fuerza, que ya no pudo seguir. Pero eso no impresionó a Ulises, que apenas tenía seis años, sino el enojo del padre incitándolo a volver al ruedo y terminar la faena, mientras el chico lloraba. La gente que lo rodeó durante la niñez y en su juventud eran todos taurinos y a fue con ellos que se inició en el conocimiento del toro de lidia y aprendió cómo era el pelaje, la pinta, la cornamenta y alguna que otra seña particular de los astados. Entre más conocía más gusto le tomaba a la Fiesta Brava y se decidió a practicar el toreo primero con becerros, en festejos privados. Se sentía embrujado ante la figura imponente de la res de lidia. Más tarde le hizo de novillero práctico, conoció el miedo y entendió que la gente que se dedica al toreo, tiene que tener un carácter especial. Su gusto por los toros lo llevó a estudiar Medicina Veterinaria e hizo su tesis sobre toros de lidia. En la Universidad Autónoma de México estudió la especialidad en cortes histológicos para detectar si han sido tocados los pitones después del post mortem. A punto de iniciar una maestría en España sobre el mismo tema, conoció a una mujer yucateca y la ciudad de Mérida se convirtió en su próximo destino taurino.

SEGUNDA LLAMADA, A LA PLAZA, COMO MÉDICO VETERINARIO

Fue una demanda de la Comisión Taurina la que propició que el ayuntamiento en turno le encomendara la misión de un post mortem en un festejo. Su reporte fue equiparado con el de la Facultad de Veterinaria de la Universidad Autónoma de Yucatán y ambos coincidieron en que las características del encierro no eran las reportadas por la ganadería. En esa ocasión las autoridades municipales en acuerdo con la Comisión Taurina vetaron al Juez de Plaza en turno y al médico veterinario y levantaron un veto de cuatro años a la ganadería, además de imponerle una multa. Por cierto, la ganadería era de Tlaxcala y pertenecía a unos amigos de sus padres. No había duda de su vocación, parecía una prueba de la vida. Y la aprobó.
Una llamada telefónica lo devolvió a los toros. Era Don Leopoldo Cortés, de la Comisión Taurina Municipal, que lo invitaba a unirse al equipo, ya que tenían la intención de integrar a un médico veterinario con conocimientos específicos sobre toros de lidia y con funciones bien definidas en el desarrollo de la Fiesta Brava. Y aceptó. Una vez aprobado por las autoridades en turno y por los demás integrantes de la Comisión, comenzó su labor de médico veterinario de plaza. Con esta función se dio un paso más a la formalización del festejo taurino en Mérida. Se establecieron actas, reseñas e informes que garantizaban que los encierros fueran justamente aprobados, se implantó el post mortem como requisito indispensable para evaluar a los astados, se supervisaron los desencajonamientos y se empezaron a llevar los registros de los festejos al Departamento de Espectáculos de la Alcaldía. Más tarde, los resultados de su trabajo en la Plaza lo posicionaron como candidato al palco de Juez, y en una terna de tres, fue el elegido.

TERCERA LLAMADA, AL PALCO COMO JUEZ

Hace nueve años lo nombró Juez de Plaza el alcalde en turno. Es sabido que ser su representante y la máxima autoridad de la plaza conlleva enfrentar situaciones difíciles cada vez que hay una corrida. El Juez no sabía que al ocupar el palco tendría que estar dispuesto a pagar un precio. A veces amenazas, alguna agresión e incluso reproches de su familia por no estar en casa los domingos. Nada lo distrae a la hora de cumplir su mayor responsabilidad, velar por los intereses de la Fiesta Brava y del público y hacer que cada festejo sea íntegro. El momento de evaluar un encierro significa para el Juez un primer filtro y es muy significativo porque es donde se evalúa la categoría de los toros y es el momento de aplicar el reglamento con toda el rigor. El sorteo es uno de sus rituales taurinos favoritos. Cada vez que hay uno, llega unas horas antes a la Plaza a supervisar a los astados, da una vuelta a los corrales y una vez que está convencido de que todo está en orden, convoca al sorteo. Un momento del ritual que le parece de lo más tradicional es cuando se anotan los lotes en los papelillos de arroz y se “aprietan”, tal como se hacía en 1896. Disfruta de echarlos al sobrero, desearles “suerte” a todos y después ir revelando los lotes que le tocarán a cada matador.
"Yo no sé como pudieron conjugar tantas cosas en la tauromaquia, es tan completa, es perfecta, no hay nada que agregarle o quitarle, desde siempre"
Cuando entra a la Plaza, momentos antes de la corrida, no hay duda de que él es la autoridad. En las calurosas tardes meridanas, sube impecable al palco combinando su seriedad con chaqueta y sombrero. Ahí lo acompañan el asesor técnico y el cambiador de tercio de quienes aprecia y respeta sus comentarios y observaciones durante el festejo.
Año tras año se ganó la confianza y el respeto del público aficionado, ganaderos y matadores y eso lo cuenta como su logro más importante como Juez en la Plaza.  Y lo mismo le pasa cuando de entregar trofeos se trata. Todo empieza con el aplauso del público a un torero, una salida al tercio o una vuelta al ruedo. Recuerda al Fandi, cuando en una ocasión salió al tercio y el público le pedía que diera la vuelta al ruedo, pero él no quiso, sabía que no lo había merecido y no lo hizo. Lo mismo al Juli que una vez le miró desde el ruedo, como pidiéndole que no le otorgara una oreja que el público pedía, y que el Juez mismo no había aceptado. Al mantener firme la decisión el matador le sonrió tranquilo y complacido.  Lo más importante cuando toma una decisión a la hora de premiar, es el apoyo y el entendimiento del público y del matador. Si el público lo ayuda y lo apoya a otorgar los premios, se siente satisfecho. El gran honor de otorgar un rabo lo ha experimentado sólo una vez y fue a Ortega. Una faena formidable y una estocada certera a un toro de Barralva. No hubo duda  y Juez y público estuvieron de completo acuerdo.
El palco también ha sido escenario de momentos divertidos para el Juez, como cuando sorprendió dormido al del clarín, quien al despertarse, inoportunamente tocó el instrumento repetidas veces, cuando la situación ameritaba que lo tocara una sola vez. En otra ocasión un matador y su subalterno le pedían una oreja que él no aprobaba, y estando en acalorada discusión, una aficionada que estaba cerca le grito: ¡Sonría Juez! ¡Se ve usted mejor sonriendo que enojado!

DE CORRIDAS, TOROS Y TOREROS

Para el Juez todos los momentos de la corrida son importantes pero a Ulises, el que más le gusta es el tercer tercio, momento de apreciar la codicia y nobleza del toro, y la técnica, el valor y el arte del torero. El mejor toro en el ruedo es el que transmite fiereza, el que acude al caballo, el que pelea con codicia. Y el mejor torero debe combinar valor y técnica para entender al astado. Es el que puede llevarlo al sitio exacto donde quiere colocarlo y es el que sabe darle el castigo justo para ayudarlo en la lidia. Y aunque admira a los toreros y los respeta, le gusta el estilo de Belmonte, porque no estaba de acuerdo en que se castigara innecesariamente al toro. También le gusta Manolo Martínez y Manzanares padre.

¿LA ÚLTIMA LLAMADA?

“El toreo no es un circo, es una actividad que se ha profesionalizado y por eso hay que tenerle respeto”
Así empieza su reflexión sobre el futuro de la Fiesta. Nunca estaría de acuerdo con desaparecer las corridas de toros y considera que los taurinos deben unirse y evaluar la manera como se realiza el espectáculo hoy en día, lo que se está haciendo mal o lo que se ha dejado de hacer, para entonces poder hacerlo mejor. Hace un llamado a científicos estudiosos del toro de lidia, a los ganaderos, a los expertos en temas taurinos y a todos los involucrados en el festejo a no quedarse rezagados ante la situación por la que atraviesa la Fiesta; y así, con conocimiento y hechos, fortalecer y garantizar su permanencia.
"Es momento de hacer una pausa y reflexionar sobre el cómo se está haciendo la fiesta, si la amamos, hay que dejar de ser soberbios para poder callar esas voces que ahora la ensombrecen"
Y así la termina, pensativo.

LA SIGUIENTE LLAMADA, EN ESPERA

Al momento de la entrevista no se le ha notificado su permanencia en el palco y el Juez espera con paciencia la siguiente llamada.

TAUROMAQUIA, LA VIDA

En el palco o como espectador este hombre de espeso bigote ha hecho de la Tauromaquia una manera de vivir. No se imaginó que no importaba donde estuviera, si en Tlaxcala, Madrid o Mérida, la vida, los toros, lo regresarían siempre a su querencia.

"La tauromaquia es mi vida, es verdad, es belleza, simetría, color, música, es la lidia, es una circunferencia, es el público"

miércoles, 23 de junio de 2010

Los personajes de la Plaza Mérida


Junio de 2010

II. EL JEFE DE CALLEJÓN

“Yo siempre quise ser torero, pero de una manera impresionantemente loca” cuenta Don César Briceño Navarrete, quien ha sido Jefe de callejón de la Plaza Mérida en los últimos 6 años años.
Este personaje de la octogenaria Plaza mexicana, es yucateco de nacimiento y médico pediatra. Es egresado de la Facultad de Medicina de la Universidad Autónoma de Yucatán y de la especialidad de pediatría de la Universidad Autónoma de México (UNAM), y es médico de base del área de pediatría de la Clínica de Mérida.
Su afición a la Fiesta brava lo colocó en un sitial de renombre y prestigio, casi tanto como su actividad dentro de la medicina. Briceño Navarrete quien además ostenta el honor de haber sido uno de los fundadores de la Comisión Taurina de Mérida, ha recorrido los ciento seis municipios de Yucatán, casi todos los estados mexicanos, Madrid y Sevilla para ver de cerca las faenas de los mejores matadores de su tiempo. Pero siempre vuelve a “la Mérida”, puerta de entrada de los toreros españoles a México y donde, sin dudas está su corazón.
La Mérida hospedó a las más grandes figuras de la fiesta brava de todos los tiempos. Allí en febrero de 1928, Manolete toreó reses mexicanas de Sinkeuel la última vez que lo hizo en América, y las consideró las más nobles de las que había toreado. También pasaron Paco Camino en sus inicios, el Niño de la Capea y el Cordobés. Y Don César, como gusta que lo llamen sus amigos, estuvo allí, en el privilegiado callejón de la plaza: primero como asistente, luego como jefe, siempre como testigo y muchas veces como amigo de los más grandes toreros de la historia.
Como Jefe de callejón, -una de las autoridades de la plaza de toros nombrada por el presidente municipal- el galeno ha sido el responsable del acceso a corrales, toriles y al callejón; aprueba las puyas a utilizar por los picadores, mantiene el orden y vigila el desempeño de los actores y personal acreditado en el callejón durante el festejo, supliendo al Juez de Plaza en su ausencia.

Don César Briceño Navarrete

TAURINO DE HUESO COLORADO

Su amor por los toros le viene por la sangre y en la sangre. Se recuerda, a la edad de tres o cuatro años, en las corridas de toros en brazos del abuelo, de algún tío o del padre. A los cinco se vistió de luces para las fiestas del carnaval. No había la posibilidad de que le hicieran cambiar de opinión, él quería ser torero. Así que su pequeño traje fue confeccionado por las manos de doña Teresa de la Gándara que en esa época hacía las monteras y confeccionaba trajes de torero. La montera que usó se la prestó el entonces matador Miguel Miranda, amigo de su abuelo. Con el traje de luces puesto toreaba al perro y a todo lo que se dejara y era tan hermoso que en esa ocasión ganó un trío de concursos de disfraces.
Los domingos acostumbraba ir a la plaza con el abuelo y tenía prohibido ir al baño mientras duraba el festejo. Ahí escuchaba la narración de las corridas de la voz de Pepe Alameda y convivía con figuras del toreo de la época, como Antonio del Olivar y Álvaro Cámara Parra, amigos del viejo.
Tenía apenas 5 años cuando conoció el primer coso taurino que hubo en Yucatán, el Circo Teatro Yucateco, que fue inaugurado alrededor de 1902, y recuerda con claridad haber visto torear ahí a Álvaro Cámara.
Las experiencias taurinas acumuladas durante la infancia devinieron en que, en muchos momentos posteriores de su vida, pensara con más seriedad en convertirse en torero. Al término de la educación preparatoria le había llegado el momento de elegir la profesión a la que se dedicaría de tiempo completo. Fue una cornada en la arteria humeral a un amigo suyo que, por cierto, había tomado la alternativa con Paco Camino y Manolo Martínez, la que definió su vida profesional. Desde entonces, la medicina ha sido su vocación y oficio y la tauromaquia, su vocación y trabajo de corazón.

EL CALLEJÓN
El callejón es el mejor lugar para el galeno donde conviven, en un mismo ser, el Jefe de plaza y el aficionado. Desde ahí, lleva a cabo las órdenes del juez y vigila que se cumplan con los cánones del toreo.
Una de las cosas que más le gusta de estar en el callejón es que se siente presto para ayudar, siempre está listo para brincar. De manera natural, en el segundo tercio, se posiciona en el callejón de manera que pueda auxiliar rápidamente si sucede algún percance.
Los cuchicheos en el callejón han sido parte de su formación como taurino. Ahí ha escuchado a apoderados, ganaderos, toreros y subordinados dar órdenes, sugerencias, observaciones, cosas que no se escuchan en los tendidos.
Fue en Michoacán en donde una espada le atravesó el pie y le lesionó una arteria pedia. Como parte de las actividades de entretenimiento durante un congreso de pediatría en la capital, Morelia, les ofrecieron a los médicos asistentes una corrida de toros en el Palacio del Arte Morelia. Era conocida su afición por la tauromaquia entre sus colegas y decidió jugarles una broma durante el evento. Les dijo que sería parte del cartel junto a Alfredo Gutiérrez. Causó tal expectación que todos estaban preocupados por lo que podría pasarle durante su hazaña, y todos creían de verdad que iba a torear. Tuvo la fortuna de encontrarse con el médico de la Plaza, Don Teodoro Gómez, padre del matador Teodoro Gómez, a quien había conocido en la Mérida. Le pidió que le prestara un traje de torero para pasearse con el en el ruedo, y así lo hizo. Mientras los tendidos se llenaban, le comunicó a sus allegados que no haría el paseíllo porque no estaba calificado, y que su toro, sería el último de la tarde. Mientras “esperaba su turno”, Alfredo Gutiérrez se dispuso a matar. A la hora de la estocada le rebotó la espada que fue a caer precisamente en el pie del galeno. Unas vendas, un par de puntadas y una vacuna antitetánica pusieron fin a su atrevido engaño.
Con Castella en la Mérida, no pudo faltar un evento memorable. Como promesa del toreo, causó especial expectativa y emoción al taurino. Esa tarde del 2 de abril, a la hora de matar, uno de los bichos de Castella se pegó a tablas y el matador insistió en darle la estocada ahí mismo. En la cabeza del galeno, se vislumbraron los posibles desenlaces de tal posición, y sin poder contener el temor de que sobreviniera una cogida, se arrimó al matador y le gritó: ¡sácalo!.. ni bien pasaron unos segundos y ya tenía al apoderado encima pidiéndole por favor que no le dijera nada al matador. Con humildad, el Jefe de callejón se retiró y aceptó de buena gana el peligro de su intromisión. Fue una agradable sorpresa cuando Castella sacó al toro de tablas para darle muerte.
Al finalizar la corrida, el apoderado le dijo: “le agradezco, pero se desorienta cuando oye una voz que no es la mía”. Y tenía razón.

LA COMISIÓN TAURINA Y SUS LOGROS
Una noche de 1996, se formó la primera “cuadrilla” con el nombre de Comisión Taurina. Por iniciativa propia, cinco aficionados, Don César entre ellos, empezaron a luchar por que la fiesta en Mérida fuera regida por un Reglamento Taurino. Habrían de pasar tres gobiernos para que un cuarto aceptara el reto y ordenara que el Reglamento estuviera listo a la brevedad. La Comisión ha servido de apoyo al Juez de Plaza. Con el tiempo, se fueron integrando médicos, veterinarios, aficionados y expertos en reses bravas, quienes han trabajado desde entonces por una fiesta de calidad. Con la ayuda del doctor César, en 2005 se aprobó y publicó el Reglamento Taurino de Mérida. El post mortem se convirtió en la carta de defensa indiscutible de la Comisión y eso permitió tener mejores encierros. También exigieron guías a las ganaderías de cada toro que llegaba a la plaza y eso también permitió el control de la calidad de las reses. Fue tal el rigor y el empeño para sanear la fiesta, que los integrantes de la Comisión empezaron a funcionar como autoridad, porque ya nadie quería ser Juez de plaza.

EL TORERO
Expresa especial admiración por la imagen del torero. Piensa que para serlo lo primero que tiene que pasar es parecerlo. Ha conocido a tantos que los define como espigados, largos, atléticos, fuertes, sin grasa, con el cuerpo adornado por las cicatrices de las cornadas. Pero su fascinación por esa figura va más allá de la estética. El conocimiento y sus experiencias en el quirófano le han permitido un entendimiento más profundo de lo que es ser torero. Los ha visto llorar de miedo antes de entrar al ruedo, ha conocido sus temores, los ha acompañado después de un pitonazo y ha entendido porqué Sebastián Castella se incomoda si lo tocan. No le extrañan, en la personalidad de los toreros, las repercusiones de enfrentarse a la muerte dos o tres veces por semana, los respeta y les agradece los momentos de verdad en el ruedo.
Admira a los que hacen del toreo una forma de vida, una forma de relacionarse, de pararse, de sentarse, de amanecerse, como Belmonte y su impasibilidad ante la vida.
Para él, el mejor torero es el que le da a cada toro la lidia que le corresponde. Y el que sabe matar. Si no mata bien, podrá hacer una lidia espectacular, pero nunca llegará a ser un verdadero torero, un matador.

EL MEJOR TORO, ¿PARA QUIÉN?
Decía que el mejor toro debe tener ciertas características, pero que habría que preguntarse cuáles son esas características del mejor toro pero ¿para quién? El mejor toro necesita al mejor torero, y el mejor torero, al mejor toro.
Hasta una persona que no es muy conocedora puede “sentir” el trapío de un toro. Cuando sale al ruedo viene el sobresalto, causa expectación, se puede sentir el peligro.
Ir a las tientas es uno de sus entretenimientos favoritos y las considera una etapa interesantísima de la fiesta de los toros. Ahí los ganaderos seleccionan a las reses que irán al encierro y desean que su toro tenga la fortuna de ser toreado por la figura adecuada, porque los ha visto crecer, los conocen a detalle, saben que tiene cualidades y que si cae en manos de un torero que no tiene calidad, habrán desperdiciado cuatro años de dedicación y trabajo.
Le gustan mucho las ganaderías mexicanas, que han logrado toros con boyantes para que el torero pueda lucirse, para poderle dar un pase tras otro. A un toro mexicano el matador le puede dar ocho o diez muletazos y éste seguirá embistiendo.
“El toro… el toro es el inicio a la corrida, desde cuatro años antes, cuando empieza a formarse.”

EL MOMENTO MÁS IMPORTANTE DE LA CORRIDA
Disfruta todos los momentos de la corrida, pero a la hora de la suerte suprema, la adrenalina se le dispara. La considera el momento más propicio para una cornada. Y es el momento en que tiene que estar especialmente atento, vigilante.
El momento de la muerte lo define como sublime, cuando se el enfrentamiento del toro con el torero, en igualdad de condiciones, cuando el toro tiene todas las facilidades para pegarle una cornada y el torero se entrega de frente a la posibilidad de la muerte.

SUS FIGURAS DEL TOREO
Manolete es sin duda su figura preferida, la suprema. De los españoles le gusta el toreo de “el Juli” y las banderillas de “el Fandi”. Admira la cadencia de Enrique Ponce y lo define como una persona de trato fino y amable. De México admira a Fermín Espinoza “Armillita” y le da un lugar especial a Eloy Cavazos. Recuerda que lo conoció en sus inicios, cuando tenía como 15 años y que lo llevaron a la Mérida en un Valiant Acapulco de la época y que la gente decía que era muy joven y tenían miedo de que lo mataran en el ruedo.

LA ÉTICA DE LA CORRIDA
Cada vez que se refiere a la Fiesta brava, habla de verdades, de autenticidades y de su deseo de que no se extinga. “Creo que lo que más se necesita para que la fiesta de los toros persista es la autenticidad, y seguir los lineamientos que rigen la tauromaquia”.
“Para aplaudir o pedir una oreja o un rabo o un indulto hay que conocer, hay que entender la lidia. Para premiarla, el torero tiene que coronarla con la espada y si la estocada no es correcta el Juez de Plaza debe ser estrictamente justo.”
Parece que lleva pegado el reglamento taurino a la piel, se lo conoce de punto y coma y considera que la ética de la corrida es el reglamento mismo, es apegarse a él. Cumplirlo es colaborar con la fiesta. Si se cumple será una fiesta de los toros de principio a fin, de interés, de emoción, de arte.
“Servir y hacer lo mejor” es su lema, que aplica tanto en la medicina como en la tauromaquia. Esas dos pasiones que hacen de Don César Briceño Navarrete un personaje admirable y entrañable a la vez.
¿Cabrá alguna duda de que en ese cuerpo de doctor, padre, esposo y autoridad en el callejón habita un taurino “de hueso colorado”, como él mismo se define?
La seriedad llega al rostro cuando promete que irá a las plazas siempre que exista verdad en ellas y que dejará de asistir ante su ausencia, pero que eso sí, siempre seguirá haciendo todo lo que esté en sus manos por el bien de la fiesta. Porque según él, “un taurino nunca se corta la coleta… jamás”.

FIN




SU ESPACIO TAURINO


Fotografías, libros, pequeñas esculturas, carteles, billetes de entrada, orejas, banderillas, pinturas y algunas objetos más, reflejan su dedicación y amor profundo por la tauromaquia. En su acogedora galería taurina, le da un valor especial a cada cosa y algunas han enorgullecen su alma taurina: un programa de la última corrida de Manolete en América; otro de su última corrida en Linares, del 28 de agosto de 1947; un billete, con la punta cortada, de esa corrida; una oreja que le brindó Eloy Cavazos durante una corrida y la cabeza de un bicho mexicano de Xajay que también toreó Cavazos, “esa cabeza me encanta, porque está un poco bizco del pitón derecho y eso le da un toque especial”.